Se reencontró con sus hermanos 38 años después

La Región 12 de noviembre de 2021 Por NdA
Una niña que estuvo por resguardo judicial en un colegio de monjas de Azul, se reencontró con sus hermanos 38 años después.
Menor

“Tuve una infancia de muchas carencias en todo sentido: falta de amor, de cuidado, de comida y de salud. Hay recuerdos que quedaron marcados en mi cuerpo como, por ejemplo, quemaduras de cigarrillo en mis manos, la cabeza rota luego de que me tiraran en una pileta de cemento. Una nena que vivió en la calle y pedía comida en las casas, de dormir o pasar unos días sin comer”. De esta forma recuerda Karina Andrea Gismondi (47) sus primeros nueve años de vida junto a sus progenitores, como ella decide llamarlos, en un marco signado por la violencia.

Los primeros años, cuenta, vivió con su progenitora y más adelante con su progenitor. Pero ella no era única hija y aunque no tiene ningún recuerdo de aquellos primeros años de vida tenía dos hermanos: Daniel (que vivía con unos tíos) y Beatriz (estaba en la casa de los abuelos).

Adopción inesperada: la mejor noticia

Siendo víctima de golpizas y destrato de su progenitor, una noche Karina se escapó de la casa y se dirigió a un almacén a pedir ayuda. Según cuenta, la señora la llevó a la comisaria a hacer la denuncia y cuando solicitaron la presencia de un pediatra forense para que constatara los golpes, al ser tan tarde no pudieron dar con ninguno. Entonces, la mandaron a buscar a su progenitor que la fue a buscar en bicicleta y la llevó de nuevo a la casa.

“Al día siguiente fui a la escuela y a la mitad de la jornada se acercó personal de la Justicia a buscarme, pero faltaba una firma y no pudieron llevarme ese día. Entonces, las maestras me dieron caramelos y me dijeron que no dijera nada en casa. Al día siguiente vino la policía y me llevó al colegio de monjas de Azul. Al tratarse de violencia infantil intervino la justicia y les preguntaron a mis progenitores si firmaban los papeles para que sea dada en adopción y, obviamente, ambos firmaron”.

Una vida de “princesa”

A partir de ese momento hubo un quiebre positivo en la vida de Karina que corrió con la suerte de llegar a un hogar que desde el primer día la esperó con los brazos abiertos y con la tranquilidad, el amor y la seguridad de que todo iba a ser diferente. En esa casa vivían Raul Gismondi y Julia Campio, dos personas con un corazón enorme que hicieron todo lo posible para reconstruir la resquebrajada vida que llevaba su hija.

“Al principio fue duro para ambos, pero con amor y respeto todo se cura. A casa de mamá y papá llegué un 20 de diciembre de 1983 y es el día de hoy que esa fecha la festejo porque es un nacimiento como familia. Era muy cuidada, muy protegida, me daban todo lo que estaba a su alcance. Otra persona importante en mi vida fue Paula, mi abuela materna”, se emociona.

A partir de ese momento, cuenta, Karina pasó a tener una vida de “princesa” que incluía una habitación propia, la ropa hecha por su mamá que era modista de alta costura y, entre otras cosas, muchos papeles para dibujar ya que su papa tenía una imprenta en Acasuso. Lo que podría ser normal para cualquier niña de su edad tomó mucha trascendencia porque ese amor incondicional le permitió despegarse de esos primeros nueve años difíciles por los que había pasado. La presencia de sus padres constituyó el amor de esos adultos significativos que le permitió darse cuenta de que ella no era lo que le había ocurrido y que gracias a ese amor podía renacer y reescribir su propia historia. Y así fue.

“Hicieron todo lo que pudieron y de la mejor manera. Sé que no fue fácil educar a una nena de nueve años que no sabía leer ni escribir, no sabía lo que era un mimo, un abrazo, una comida calentita. Todo eso me lo dieron mis papás Julia y Raúl que ahora están en el cielo”.

Karina, que estudió Counseling y se especializa en desarrollo personal y en violencia, siempre mantuvo esa llamita interna encendida con la ilusión de poder reencontrarse con sus hermanos a quienes no veía desde hacía 38 años, pero con quienes, prácticamente, no tenía vivencias compartidas.

Hasta que el 15 de noviembre del año 2020 falleció su mamá y en medio de los trámites le solicitaron una documentación, pero como su partida de nacimiento era vieja le pidieron que hiciera una nueva por Internet. Ese acontecimiento, dice, fue el clic que necesitaba para, definitivamente, encarar la búsqueda para poder encontrar a Daniel y a Beatriz. Entonces, realizó una presentación personal diciendo quién era, quiénes habían sido sus progenitores y contó que había sido dada en adopción a los nueve años. Y esa nota se la envió a un montón de gente que encontraba con el apellido Gisler (el de sus progenitores).

“En eso veo una publicación que había hecho mi hermano donde decía que me estaba buscando. Y había dejado su número de celular. Y ahí le mandé un mensaje por el Messenger de Facebook, pero él no me respondía hasta que un día a las 4 vi un mensaje que me decía que era su hermana. Hablamos por teléfono y después hicimos una video-llamada y nos vimos después de 38 años a través de una cámara”.

Después de muchas llamadas con Daniel y con Beatriz, Karina decidió junto a su pareja, Eduardo, viajar a Olavarría para poder darse personalmente esos abrazos y esos besos que tanto tiempo habían esperado.

El 19 de octubre pasado, a las 14, Karina bajó del micro y casi sin darse cuenta sus hermanos se le tiraron encima para agarrarla con tanta fuerza que era evidente que no querían perderla una vez más. “Fue un abrazo enorme, los abracé a los dos juntos. Fuimos a almorzar al departamento de mi hermano, comimos unas empanadas que fueron las más ricas de mi vida. Estábamos sentados por primera vez en la vida los tres hermanos compartiendo algo tan sagrado como un almuerzo, esa imagen no me la saco más de la cabeza. A cada rato les decía que no lo podía creer, que era un sueño, mientras se me escapaban varias lágrimas. Nos reímos, nos miramos. Somos iguales físicamente, es una hermosa locura”.

En ese viaje, que duró una semana, Karina también conoció a dos primas que son “unas genias”, dos tíos que tienen verdulerías y a sus 11 sobrinos. “Un día nos fuimos a almorzar a Colonia Hinojo a ver a mis tías y una de ellas me dio una foto de cuando yo cumplí ocho años. No me alcanzó el tiempo para conocer a toda la familia, pero el objetivo estaba cumplido”.

A partir de ese encuentro Karina está convencida de que hay un antes y un después en su vida, hasta ese momento había sentido que a nivel familia siempre había estado sola. Ahora tiene una enorme y una de las mayores emociones, cuenta, es haberse enterado de que hacía muchos años que la estaban buscando.

“Sueño con que éste vínculo que tengo con mis hermanos nada ni nadie me lo corte. Ahora somos adultos y nada nos va a separar por más que cada uno tenga su familia”. Alejandro Gorenstein - La Nación

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