Carlos Regazzoni: grandilocuente desde el ser y el hacer

Cultura y educación 26 de abril de 2020 Por NdA
"Resulta imposible de pagar", parece ser que bromeaban algunos azuleños respecto al significado del RIP que escolta al Ángel de la Muerte en la portada del cementerio local, obra emblemática del monumental y controvertido Francisco Salamone.
El Quijote de Regazzoni

El paso del tiempo, según parece, puso las cosas en su lugar. Carlos Regazzoni, llegó a Azul en 2006, cargando en su imponente pick up genio y locura, contradicciones, que al decir de sus dichos, vienen desde la cuna, cuando allá por 1945 alborotó a quienes integraban el campamento de YPF ubicado a escasos metros del pozo número uno de petróleo de Comodoro Rivadavia: "A mi tío Oscar le debo la vida, porque nací muerto: No respiraba y él me echó humo de su cigarro, lo respiré y aquí estoy", confesó alguna vez, acaso una forma de ratificar que lo que a algunos mata, a otros los fortalece.

Llegó de la mano de su Proyecto Sol Negro, metáfora que remite a sus orígenes junto al petróleo, fuente de calor y energía. Y como alguna vez hizo en París, o en Buenos Aires, donde se consagró como artista a fuerza de su talento, se instaló en un viejo galpón, rodeado de hierros viejos: pedazos de bicicletas, motos, autos y hasta maquinarias agrícolas, alambres, resortes, bulones, discos de arado.

Se instaló y, a la par que soplete en mano transformó chatarra oxidada en obra de arte, comenzó a provocar con modismos y palabras a una ciudad fuera de training. Y, contradictorio al fin, pasó de la custodia policial de los primeros tiempos, a la aprobación popular el día de la inauguración de su conjunto escultórico sobre El Quijole. Y algunas semanas después, a ser vilipendiado una vez más. Y así sucesivamente, una de cal y otra de arena.

Soñador, o delirante, según el cristal de quién lo mire, en el tintero quedaron sus propuestas de crear una biblioteca, una escuela agraria y hasta un hotel siete estrellas, utilizando exclusivamente material en desuso.

Como contrapartida, Don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea del Toboso y el galgo corredor, emplazaron su figura en tierra de raíces pampas; a la vez que milicias y pueblos originarios disputan sus razones en encarnizada lucha, con las sierras como paisaje de fondo. Garabatos en servilletas como parte de pago y difusas figuras pintadas sobre paredes que actuaron como tapiz, la reapertura de una panadería de 1854, y algún que otro legado a quienes actuaron como sus ayudantes/alumnos.

El tiempo, inexorablemente, sigue su curso. Y tal vez algún día ponga las cosas en su lugar.

Publicado en "Azul Cervantina. Revalorizar el pasado, con visión de futuro", de Marta Sosa y Gonzalo Berríos. Azul, noviembre de 2009. Asociación Española de Azul

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